CUANDO PASA EL POEMA 

Cuando pasa el poema

Víctor Infantes

Extérioriser: rendre à l`univers sa voix.

Exteriorizar: devolver al universo su voz.

Edmond Jabès El umbral La arena.

Poesías completas 1943-1988 Ellago ediciones Castellón 2005. Pág. 321

Cuando pasa el poema las palabras excavan en el tiempo desenterrando el corazón de las cosas; al leerlo percibimos en nosotros su latido. Allí hacemos un lugar para la luz, allí extendemos las manos como quien va a beber de un manantial.
Entonces el pasado abandona sus máscaras, su conjunto de adioses, se transforma en un vértigo al borde de quién somos, dejando únicamente una pequeña quemadura en nuestra sangre con forma de alfabeto; con él nos intercambiamos con el mundo porque nuestro interior ha pasado a rodearnos.

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Todo poema es un descubrimiento y un encuentro, como si la vida se viera reflejada en el lenguaje y descubriese, de golpe, que únicamente existe en dicho reflejo, que únicamente en dicho reflejo puede saber quién es. Como si la vida se encontrase a sí misma en las palabras. Y allí pudiera palparse, tocar su rostro como hace un ciego el día que es curado y vé por vez primera,

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En un poema no se entra por el mismo lugar que por donde se sale; un poema, al suceder, cambia a la persona en donde pasa, no en el sentido de que le aporte un conocimiento, un dato, una referencia nueva, sino que cambia la forma en que esa persona se vive a si misma. La pone, por un

lado en cuestión, y por otro aporta un aspecto, una perspectiva, una forma distinta, insospechada hasta entonces. Se han escrito miles de poemas sobre la muerte, el amor, el deseo… y sin embargo, aunque algunos compartan forma y fondo entre ellos, cada poema supone otra forma de vivirlos.

*******Un poema es una respuesta a una pregunta que no se podía formular antes que él, a una pregunta que le pertenece y que de alguna manera nos hacíamos sin poder ponerle palabras. Una pregunta que tampoco enuncia y que en cada uno de nosotros adopta una formulación distinta, común pero distinta. La poesía es señalar algo que solo se muestra en ese gesto; el poema es ese gesto.

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El poema pasa, sucede, nos sucede; se puede leer muchas veces un texto excelente y que el poema no suceda, se puede contemplar un álamo blanco mecido por el viento y entender que nosotros somos ese álamo blanco, y callar, y no decir nada, y que ese momento modele nuestra forma de sentir y de sentirnos, o se puede escribir, “he sido un chopo, he sido un álamo blanco” (Luis Cernuda, Escrito en el agua, en Poesías Completas. Siruela, Madrid. 2007. Pág 457.). Se escriba o no se escriba el poema ha sucedido. El agricultor que ve amanecer camino de sus campos y escucha el trino de un pájaro que se aleja hacia el horizonte, pero cuyo canto sigue allí (en él) una vez éste se ha marchado, probablemente no llamará poesía a lo que sucede en dicho instante (un instante cuya duración no es medible, que se “aparta”, que se “desvía” de “la flecha del tiempo”) y casi con total seguridad no lo reflejará en un texto. Sin embargo la permanencia del canto, de ese canto, tal y cómo fue en ese momento, es poesía, y el silencio del agricultor, una de sus escrituras posibles. Si el poema se escribe, el poema comenzará a vivir, independiente ya del autor, en otras biografías y lugares. No volverá a suceder tal y cómo era. En cada lector, en cada vida, sucederá de acuerdo a éste, de acuerdo a ésta.

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Los poemas pasan, suceden, pero también “pasan”, se marchan. Son destellos de intensidad donde lenguaje y realidad se han abrazado, se han estrechado hasta tal extremo en que ya no podremos concebir dicha realidad sin esas palabras, ni dichas palabras sin dicha realidad:

[…]

L ́effacement soit ma façon de resplendir,
La pauvreté surcharge de fruits notre table, La mort, prochaine ou vague selon son désir, Soit l`aliment de la lumière inépuisable.

Que el eclipsarse sea mi forma de brillar,
Que la pobreza colme de frutos nuestra mesa, Que la muerte, a su antojo, cercana o nebulosa, Sea sustento a la luz inextinguible.

Philippe Jaccottet En: Dieciocho poetas franceses contemporáneos. Selección, traducción y prólogo de Enrique Moreno Castillo. Lumen, Barcelona 1998. Pág. 259/261

Este poema de Jacottet, como los demás, cada vez que sucede en nosotros, depende, en gran medida, de qué tipo de escucha estamos prestando, de cuando y cómo, incluso para qué lo leemos (no es lo mismo la lectura de un poema hace veinte años que a día de hoy, por ejemplo, no es lo mismo tratar académicamente un poema que llevarlo a escena teatralizado). La vida de un poema depende tanto del texto como del lector, que es el lugar donde sucede. Una vez que el poema ha sucedido, cuando el poema pasa, al marcharse, la respuesta y la pregunta que era, forman ya parte del rostro que el lector encuentra en su propia voz. Siempre lo acompañarán.

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Aunque el poeta se ha borrado, en apariencia, de sus palabras no lo ha hecho así su voz, más propia que su cuerpo, pues sigue ahí, en el poema, hablando, sucediendo. La “inmortalidad” del poeta no es la de su biografía, tampoco exactamente la de su obra, sino la de su voz, que en ella habla, y de todo lo que había tejido en esa voz, desde su existencia más íntima a la totalidad de su momento histórico. La voz de cada poeta es perfectamente distinguible (aunque hubo épocas en lo que se buscó lo contrario o en las que esta cuestión no estaba sobre la mesa). Es su voz la que hace la experiencia del poema, la que señala, la que traza el gesto, tal y cómo lo traza. Aunque el poeta no hable de él mismo explícitamente nos habla de su forma de habitar el mundo y el lenguaje.

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Desde donde habla este poema es lo inquietante y lo hermoso que tiene. La mirada que expresa, llena de serenidad y esperanza no rehuye, sino que nace, del encuentro (dentro de ella misma) con su propia muerte, que ha de ser alimento para la luz y no su opuesto, su nutriente y no su enemigo. La pobreza que colmará nuestra mesa es una actitud, una forma de estar con las cosas, de estar en contacto directo con ellas, con su fragilidad e imperfección que también es la nuestra. Eclipsándose, substrayéndose, borrándose el hombre y el poeta resplandece, como en un relato de Raymond Carver, donde lo que cuenta es lo que falta.

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Cuando pasa el poema los días se rompen en los labios para que el deseo no tenga que exiliarse y pueda abrazar la distancia que lo forma como quien estrecha a un amigo que creyó perdido, mezclándose sus márgenes con la textura del tiempo, liberando los cerrojos que mantienen a la aurora encadenada al firmamento.

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Un poema no puede explicarse, de un poema hay que hacer la experiencia, y, desde ella, pueden hacerse mapas, diagramas, cualquier cosa que sirva para recorrerlo, para estar en el de una forma distinta, para que pasee por nosotros, se siente a contemplar el paisaje que somos, para que nos permita vernos también de esta manera.

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En un poema el poeta en vez de eclipsarse puede hacer de sí mismo, de su vida, de como está en él y en ella el “tema” explícito del poema, sin embargo no creemos que un poema tenga un “tema” o “motivo” únicamente, otra cosa es que ellos, por muy “sencillos” o “manidos” que nos puedan parecer, estén tratados de tal forma, que expresando algo muy particular, nos hablen de un ámbito entero de la existencia.

La luna no es la misma,
la primavera tampoco es

la de entonces.

Y yo ¿soy el único
que no se ha transformado?

Mono no aware: el sentimiento de las cosas. Trad. del japonés al francés de Jacques Robaud, versión castellana de la misma de J. Ignacio Fontes. Miguel Castellote Editor, Madrid 1972. Pág. 63/64

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Cualquier cosa puede ser “tema” o “motivo” de un poema, del que no es nunca una “excusa” o un “pretexto” para hablar de algo que le es ajeno; cualquier cosa, en el poema, es todas las demás, remite a ellas.

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Cuando sucede el poema los almendros florecen en la sangre, abriéndose los ojos que sueñan en el pecho. Y el barco que parte mar adentro ha dejado en el puerto su brújula y sextante porque no quiere llegar a ningún sitio. Y nadie podrá arrebatarle esa felicidad.

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Un poema no es una explicación de la realidad sino una forma posible de estar en ella; su respuesta y su pregunta no versan nunca meramente de lo externo sino de cómo existe en nosotros.

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Para que el poema suceda debemos despejar un lugar donde poder acogerlo al igual que un niño comprende por primera vez una palabra apenas descubierta, con la misma inocencia; inocencia, no ingenuidad.

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Cuando el poema versa sobre la propia vida del poeta ( y en cierto sentido todo poema trata

de ella pues nace en ella, en un momento y lugar determinados), cuando la voz del poeta habla de si !6

misma, de su historia, de sus heridas y alegrías, se trata, se nos habla del “roce”, del “contacto” de un alma con su propia existencia, aquí y ahora. Más que identificarnos con el poeta, percibimos ese roce, que también nos atañe, y viéndolo desnudo en sus versos vemos desnudo el nuestro propio, tejido en ellos, formando su tacto, su melodía, su latido inconfundible.

Foram breves e medonhas as noites de amor
e regressar do âmago delas esfiapava-lhe o corpo habitado ainda por flutuantes mâos

estava nu
sem água e sem luz que lhe mostrasse como era ou como poderia construir a perfeiçâo

os dias foram-se sumindo cor de chumbo na procura incessante doutra amizade que lhe prolongasse a vida

e uma vez acordou
caminho lentamente por cima da idade
tâo? longe quanto pôde
onde era possível inventar outra infância
que nâo lhe ferisse o coraçâo

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fueron breves y espantosas las noches de amor
y regresar de aquella intimidad le deshilachaba el cuerpo habitado aún por titubeantes manos

estaba desnudo
sin agua y sin luz que le enseñase cómo era o cómo podría construir la perfección

los días se fueron consumiendo color de plomo en la búsqueda incesante de otra amistad

que le prolongase la vida

y una vez despertó
caminó lentamente por encima de la edad tan lejos como pudo
a donde fuera posible inventar otra infancia que no le dañase el corazón.

Al Berto. El miedo. Poemas escogidos, 1976-1997. Traducción de Cidália Alves dos Santos Y Javier García Rodríguez. Pre-Textos, Valencia, 2007. Pág. 237

En este texto está condensada, trabada por entero dicho encuentro, dicho “roce”; la distancia de la tercera persona no hace sino acusar la inmediatez, el contacto directo y crudo con el alma del poeta, que el tiempo ha cincelado, de esa y no otra manera, hasta esculpirla en el papel donde, a tumba abierta, con la figura de la distancia, radiografía su existencia.

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La herida del poeta, no definida claramente, (se da su expresión, casi su cuaderno de bitácora donde se traza un rumbo y su deriva ) es algo previo a los “temas” o “motivos” del texto, que no son su causa sino su consecuencia. El dolor, las grietas del tiempo, los fantasmas reflejados de un deseo que se sabe imposible, pero también en el envés de la ausencia, hasta de la propia, el rostro de algo y de alguien que sigue allí hablando, desde el centro de su ser.

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Más que con el poeta nos identificamos con su herida, con su fragilidad, no porque el poema, que siempre es una celebración, un canto, haga algo bello de ellos, sino porque la celebración, el canto trata del coraje y de la honestidad con la que, en lo más íntimo, nos relacionamos con nuestras heridas, con nuestra fragilidad, pues es allí donde reside la victoria del poema, en nutrirse, como en el caso del texto de Jaccottet, de la muerte y hacerla a ella parte indisociable y alimento de la vida. Hasta el canto más desgarrado y sin esperanza alguna expresa otra verdad a la de exponer dicho dolor y su naturaleza, expresa la vida que palpita allí y nos hace enfrentarnos con el reflejo de la nuestra desde la ternura suficiente para amarla.

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El poema es en gran medida una confesión. Sin embargo uno no se muestra ante la mirada de dios y reconoce sus pecados y el por qué de los mismos, en el poema tanto poeta como lector nos confesamos con el lenguaje, sin buscar ni misericordia ni redención, sino que suceda quien somos.

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Con un amasijo de heridas a modo de nombre, el poeta observa como él mismo se desvanece, allí, a lo lejos, en el poema, aquí, tan cerca que podemos sentirle respirar, recorrer, en su soledad, la nuestra, y en el propósito imposible de “inventar otra infancia que no le dañase el corazón” ver como era igualmente imposible para él, en este texto, amordazar la luz que lo sostiene y se cuela por los resquicios que la tristeza olvida a su paso; pues la tristeza es añoranza de la luz, y la luz, como el poema, permanecen partiendo.

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Un poema siempre está hecho de luz, aunque ésta haya sido amordazada, aunque a veces el poeta mismo sea su propia mordaza.

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Cuando sucede el poema un momento de nuestra existencia deja de ser nuestro; pertenece al estornino que canta en un rama bajo el primer sol de la mañana, a las cerezas maduras en el árbol, a los niños que juegan junto al mar a inventar el significado de las cosas, pertenece al silencio, que desnuda lo vivido de todo lo que le exige la conciencia, pertenece a la lluvia porque siempre cae en el interior de quien no olvida.

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Las palabras no sólo están unidas a las cosas, son donde existen las cosas.

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Un poema utilizará todos sus recursos a su alcance, y si no los tiene, los creará, para poder nacer, el poeta le acompaña desde el inicio, como se acompaña a un hijo y, como un hijo, el poema acompañará al poeta toda su vida.

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Las palabras son uno de los recursos del poema, hay otros muchos. Casi todo lo que hacemos puede ser un poema, depende, siempre, de lo que pongamos en juego.

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Cada palabra encierra siempre la constancia de un recuerdo que se ha enlazado a ella, hay palabras que tienen rostro de personas, otras pertenecen al hielo, otras fueron en su día la salida o la entrada a un laberinto, las hay llenas de óxido, de soledad y de océanos; en el poema las palabras viven las unas en las otras y lo que encierra cada una muestra el molde de su máscara.

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Generalmente habitamos y nos habitamos de manera narrativa, donde un argumento ordena el desarrollo de las cosas. La narración está hecha de tiempo, el poema lo suspende, lo abraza, lo rodea.

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En el poema de Jabés que abre este escrito se dice que exteriorizar es devolver al universo su voz: el poema es el acto de esa expresión. La voz del poeta es suya, pero en ella está no sólo su vida, sino la vida, el universo entero. La palabra es el lugar donde este se reconoce, donde se explora, donde sabe que está vivo. El poema también es el canto de este enigma, la celebración de esta realidad tal y como es, una confesión con el lenguaje, a solas, para arrancarle al absurdo un fragmento de sentido donde poder vivir:

III.

Que ce monde demeure! Que l`absence, le mot
Ne soient qu`un, à jamais, Dans le chose simple.

L`un à l`autre ce qu`est La couleur à l`ombre. L`or du fruit mûr à l`or De la feuille sèche.

Et ne dissociant
Qu`avec la mort
Comme brillance et eau quittent la main Où fond la la neige,

III

¡Qué este mundo permanezca! Que la ausencia, la palabra Sean uno, para siempre,
En la cosa simple.

Uno en el otro
Como el color en la sombra,
El oro del fruto maduro en el oro De la hoja seca.

Y no disociándose
Sino con la muerte
Como la brillantez y el agua Abandonan la mano al fundirse la nieve.

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Yves Bonnefoy. Tarea de esperanza, Antología Poética. Traducción de Arturo Carreira. Pre-Textos, Valencia 2007. Pág. 430/43

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En este poema no se celebra un orden particular, un deseo privado, se celebra lo real tal y cómo es, donde los contrarios de Heráclito, enlazados, remiten el uno al otro. Es un canto a la existencia desde la conciencia de la muerte, contemplada desde la lucidez casi insomne de percibir con mas detalle aún, aún más distintamente los aspectos contradictorios y unidos del ser, pues el “oro” está tanto en el fruto maduro como en la hoja seca, el oro, el resplandor, el “tesoro”, del ser está en todo y todos.

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Cuando sucede el poema ya no llamamos noche a la oscuridad del firmamento ni aurora al despertar de la luz allí en lo alto; todo, al ser símbolo de sí mismo, nos implica también a nosotros; nosotros, donde se la vida se desborda en el lenguaje; nosotros, donde habita el poema, donde recibe al mundo, donde conversa, donde calla.

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El poema se demora, no quiere acabar nunca, y aún cuando ya ha sucedido continúa ocurriendo, es como una corriente subterránea a la que llegamos excavando en las palabras, siempre está donde vayamos, para saciar la sed, aunque sea con una sed distinta, con un nuevo ayer:

No, el pasado era nuestro: no tenía ni nombre. Podíamos llamarlo
a nuestro gusto; estrella, colibrí, teorema,

en vez de así, “pasado”; quitarle su veneno.

Pedro Salinas, La voz a ti debida en Poesías completas. Barral editores Barcelona 1971. Pág 240

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Apuntes sobre escribir un poema.

Un poema es escurridizo como un anguila, no se le puede atrapar con las manos, siempre acaba escabulléndose. Sólo se acerca si le ofreces alimento, cariño.

Los poemas no se buscan ni se persiguen, uno se encuentra con ellos. Vienen, de repente, de improviso. Del mismo modo se van, sin desspedirse. El poeta, atento, hace un rápido bosquejo, tal vez definitivo.

Quien escribe un poema es escrito por él.
Entre que nace un poema y su escritura puede pasar mucho tiempo, años, décadas incluso. La poesía se escribe al dictado ¿quién habla en el poeta que no sea el poeta mismo?

Devolver su voz al universo no significa habérsela robado. Significa que el universo habla en nosotros.

Sólo se puede escribir un poema si se renuncia a escribirlo.

La escritura de un poema es un equilibrio milimétrico donde el lenguaje siempre está a punto de caer en el vacío; sabe que está volviendo a casa, lo cual es lo único que le mantiene a salvo, caminando.

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A veces las palabras se extirpan la ceniza, encuentran el camino que les lleva a la tierra, a latir en su seno. A veces las palabras permanecen despiertas para observar lo que ni queremos ni podemos decirnos; el poema también es ese testimonio, esa denuncia, pero nunca, jamás una traición.

A veces las palabras se quedan sin el resto, naufragan en nosotros, se hunden en el alma. Cuando pasa el poema.

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